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Fronteras imperfectas

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La foto utilizada para hacer la portada pertenece a Carrie Smith —¿Crees que la medicación le servirá de algo? —Es lo que quiero creer, sí. Ya le ayudó en otras ocasiones. —Se le ve tan indefenso entre las sábanas blancas, la aguja hundida en su brazo delgado y los ojitos cerrados... Me siento impotente, ¡casi tengo ganas de gritar!   —Te animaría a hacerlo si pensara que vas a sentirte mejor, pero un hospital no es el sitio. Mira, no quiero que te preocupes, nunca le vamos a dejar solo pase lo que pase. Siempre estará con una de las dos personas que más le quieren en el mundo. —Pena que no podamos ser ambos a la vez. Así debería ser. —En un mundo perfecto, quizás. Pero eso no existe. Nuestra separación es el pasado y hay que pensar sólo en el futuro, recuérdalo. Al terapeuta le costó un mundo que entendieras eso; se sentiría defraudado de ver que vuelves a las andadas.  —Ya, el maldito terapeuta. —Lo que nos pasó son cosas de la vida. ...

Atajo al infierno

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Antes de abrir la puerta repasó el carmín furiosamente encendido de sus labios y apretó los muslos para sentir el arma que escondía entre ellos. Tenía miedo, pero aún era mayor la determinación que la impulsaba.  Recorrió la estancia abriéndose paso entre el humo de los cigarros, con estudiado y sensual vaivén de caderas sobre sus tacones altos como precipicios. Muchos pares de ojos masculinos la devoraban lascivos al paso y eso, lejos de amedrentarla, le confirió sensación de poder. Paladeó el momento como si fuera un trago de buen whisky.  Tal y como esperaba Joe la requirió sobre sus rodillas con un gesto petulante y ella acudió sumisa. Era su jefe en aquel antro de mala muerte desde hacía meses, pero también el hombre que le había destrozado la vida a su madre. Resultaba curioso que le gustara desfigurar rostros de mujeres y que sin embargo se sintiera irremisiblemente atraído por la belleza de éstas. Estaba decidida a ser la última cara hermosa que el m...

A vuelta de correo

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Aún le llamo Víctor, tal y como él firma los correos que me escribe, pero los dos sabemos que no es su nombre. La verdad es que a estas alturas se me haría raro llamarle de otra forma, incluso si él reconociera que su verdadero nombre, por el que le conocen sus amigos y familiares, es Jorge. Después de tanto tiempo es un detalle que ha dejado de importarme. Nos conocimos hace más de diez años a través de internet, no recuerdo exactamente cómo. Yo no buscaba nada en concreto, salvo quizás deshacerme de la soledad que me acechaba recién llegada a la ciudad, y no creo que él anduviera buscando a alguien parecido a mí, pero el caso es que pronto descubrimos que teníamos afinidad y que las horas se nos pasaban volando mientras chateábamos sentados frente al ordenador.  Entre otras cosas me hacía gracia que fuera tan serio, tan circunspecto, tan puntilloso con el lenguaje, tan exacto para definir las cosas. Aunque compartíamos eso yo era sobre todo guasa y risas, que es pa...